(Gracias a Camilo Venegas por este articulo, tomado de su Blog el Fogonero…)
El Gobierno Cubano ha decidido clausurar las Escuelas al Campo y los Comedores Obreros. Como consecuencia de esa medida, desaparecerá uno de los iconos más resistentes de la antropologÃa revolucionaria: la Bandeja de Aluminio. Muchos de nosotros, los sobrevivientes, le debemos a ella la sobrevida.
Tratando de llegar con el contenido de la bandeja intacto a la mesa, nos graduamos de equilibristas. Aunque los tropiezos también tenÃan su encanto, porque nos convertÃan en master blender de las más audaces combinaciones: arroz congrà en almÃbar, dulce de leche con frijoles negros o casquitos de guayaba en salsa de macarela.
El sonido de las bandejas mientras se lavaban era la música de fondo de nuestra digestión, una especie de steel band que aún en lo más apartado de los albergues se oÃa con nitidez. Cuando pienso en la cola del comedor, me vienen a la cabeza cientos de rostros de los que hace muchÃsimos años no sé nada. Todos ellos compartieron conmigo ese instante fugaz de júbilo incomparable en que por fin llegábamos al mostrador y la tomábamos en la mano.
El golpe de los cucharones contra ella, el rostro sudoroso de las tÃas y la promesa de un sabor, mitad especias, mitad bauxita, resumÃan el momento de más gozo en aquella vida que, vista de lejos, se parece más a la de un presidiario que a la de un adolescente.
Aun asà no me quejo. La bandeja y yo vivimos momentos demasiado felices como para no lamentar su muerte.
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